Un minuto antes de las diez treinta y uno


 

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Son las diez treinta de la noche. Falta solo un minuto antes de que se cumpla la hora marcada por aquel hombre vestido de negro, cuya aparición no hace mas que remitirme al gran hermano, pues esa frialdad para revelar la fecha y hora en que un hombre morirá, sólo puede atribuirse a la omnipotencia de un ser que va más allá de la imaginación ordinaria.

Dicen que toda una vida pasa por la mente en los últimos instantes antes de que el último suspiro se escape del cuerpo anunciando la llegada de la muerte, algo más que una transición de un estado a otro; el fin y el comienzo de algo más, algo desconocido que despierta incertidumbre. Pienso en espiral y me niego a admitir que todo terminó, pues ¿qué no el ciclo de la vida bien podría representarse con un círculo? Siempre hay un comienzo, un fin y un nuevo comienzo; un ciclo que nace de la muerte, muere y renace. ¿Dónde/cuándo comenzó? ¿Dónde/cuándo termina? ¿Alguien lo sabe? Bien es cierto que uno nace cuestionando el mundo. Ahora sé que uno muere cuestionando el mundo que uno nunca quiso entender, o al menos observar.

Al menos no tengo solo un instante para recordar toda mi vida. Tengo algo mejor que eso: un minuto de sesenta largos segundos que habrán de ser los más originales de mi existencia. ¿Será lo mismo que Artemio Cruz sintió antes de morir? Al menos sé que él deseaba la muerte. La pregunta es “¿yo la deseo?” No importa, disfrutaré mi último minuto de respiros sintiendo el aire que aún llena mis pulmones; sintiendo la sangre que llevan mis venas; escuchando los golpes en mi pecho que testifican el bombeo de mi sangre. La saliva creo que sí tiene sabor. Artemio tenía razón, sólo uno se da cuenta que hay algo dentro de nosotros cuando deja de funcionar. He estado tan ensimismado en mis pensamientos que dejé de poner atención en el resto de mi cuerpo desde hace mucho.

Eran las once treinta de la mañana cuando escuché que hoy moriría. Súbitamente comencé a sentir la helada sensación de que algo recorría mi cuerpo y que había tenido su origen en la punta de mis pies. La sensación llegó al pecho y dejó un hueco en mis entrañas que causó caos en todo mi cuerpo. La sangre cayó a mis pies; mi cabeza dio vueltas y mi vista se nubló. Estuve a punto de desfallecer en ese momento. De no haber sabido que moriría hasta las diez con treinta y un minutos de la noche, estoy seguro de que hubiera fallecido en ese mismo instante. “¡Calma Alberto! Falta poco menos de medio día, aún no es hora de morir, así que hay que hacer algo”. Debía de caminar por última vez hacia casa, abordar el metro y el transporte público; hacer lo que la mayoría de la gente quizás haría: decir lo mucho que estimo a toda esa gente que siempre me rodeó y a la que nunca fui capaz de decírselo en un día común.

En efecto, caminé y viaje en el metro durante casi una hora. Pero me propuse no pensar en mí sino en los demás, dejando de cuestionar y juzgar cada movimiento y actitud a mi alrededor. Fue realmente gratificante salirme de mí mismo por unos momentos para comenzar a vivir de otra manera. Definitivamente el ejercicio hubiera funcionado de maravilla de no ser por esa angustia y ansiedad que en momentos volvían para recordarme que esos eran los últimos instantes de mi vida, tan sólo instantes en comparación a los veintisiete años que acumulé inconscientemente.

¿Miedo? No dejo de repetirme la frase que alguna vez vi en el pizarrón de un amigo: “¿Qué harías si dejaras de tener miedo?” Cada vez estoy menos seguro de encontrar la respuesta, sobre todo hoy.

Al llegar a casa no dije ni una sola palabra acerca de mi último día en este mundo. La vida tenía un sabor diferente. Por un lado disfrutaba cada segundo con la gente que quiero, disfrutando cada bocado de alimento y hallando un sentido diferente a cada objeto material: no volvería a estar rodeado de esas cosas que me mantenían sujeto a falsos ideales y dogmas. Sin embargo, otra parte de mí se resistía a aceptar que era el final, que todo terminaría tal y como comenzó, sin siquiera descomponer un poco el orden natural que hay en el equilibrio universal. Tan pequeños somos a la hora de morir.

Después de beber un par de vasos de agua, di un abrazo a mi familia y me fui a dormir temprano.

Son las diez treinta y falta un minuto para que todo termine y vuelva a comenzar en algún lugar.

Creo que ya no tengo miedo, ni ansiedad y he dejado de aferrarme a lo inevitable. Mejor cierra los ojos y duerme, porque mañana será un nuevo día.

Jueves 15 de febrero del 2007

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