Relato: entre la ficción y la no ficción


Viernes, aproximadamente las 21 horas.

Al llegar a la entrada del metro Revolución, literalmente me topé con las puertas de acceso al subterráneo totalmente cerradas y rodeadas de transeúntes que no paraban de reclamarle al “poli” su intransigencia de cerrar tan temprano: “los estudiantes vienen haciendo su desmadre por las calles, por eso me ordenaron cerrar las puertas. Nadie sale ni entra” (hasta ese momento constaté que la avenida estaba llena de patrullas). Pero poco a poco se acumulaban las personas que iban descendiendo de los trenes para intentar salir a las calles. ¿A caso alguien pensó que aguardarían encerradas como si nada, esperando pacientemente a que pasara el “peligro”? Con cara de encabronamiento total, el “poli” no tuvo opción más que ceder ante los pasajeros que iban de salida. Mientras tanto, quienes afuera esperábamos a que algo sucediera, tuvimos que pensar rápidamente en otras opciones: “Ni hablar, al pinche metrobus”. Era eso o esperar a los “estudiantes”.

Por segunda vez me vi trepado en el transporte que siempre prefiero dejar como última alternativa debido a mi anterior experiencia (¿alguien ha notado el relajo que es cargar por primera vez las tarjetitas esas, o a caso sí me vi muy lento?). Ya en la estación Chilpancingo por fin pude tomar el metro que me llevó hasta Chabacano, estación en donde abordé un convoy muy particular y que me motivó a escribir estas líneas.

Aproximadamente las 22 horas.

Al entrar al vagón hice los mismos movimientos de siempre. Como a esa hora ya no había mucha gente, rápidamente encontré un asiento casi frente a un viejo no tan viejo de rasgos y atuendos indígenas, quien leía con una lupa su periódico junto a otra mujer (aparentemente su esposa). Recuerdo bien que calzaban huaraches y vestían ropas humildes, limpias y no tan maltratadas. La escena era impresionante: viernes por la noche en la ciudad, viajando en metro y frente a mí, un personaje con un ojo tan enorme como la lente a través de la cual leía las noticias.
En otra sección de asientos situada del lado izquierdo y al frente, una mujer de unos 35 años se llevaba constantemente las manos a su rostro dejando ver unos ojos hinchados, rojos y llorosos que sólo se dirigían a algún lugar del suelo. Ante esa situación, no tuve mas que tratar de restarle importancia al hecho quizás sólo por no hacer más incómoda la travesía de la soledad, o quizás sólo porque en verdad no tenía importancia, pues finalmente cuántas cosas no vemos todos los días. Repentinamente, un individúo joven y de cabello largo se levantó de su asiento situado frente a la mujer de ojos llorosos y decididamente se acercó a ella hasta sentarse a su lado. Rápidamente dijo algo así como “no sabemos qué es lo que te ocurra, pero lo que sí sabemos es que no hay mal que por bien no venga” –o algo así- e inmediatamente estiró su mano para darle una paleta de dulce.

Esa acción sólo podría haber traído consigo dos reacciones: la negativa al gesto de solidaridad a través de una sonrisa hipócrita o simplemente un rechazo honesto; o por el contrario, el recibimiento y la aceptación amable cargada de sinceridad y agradecimiento. ¿Cómo habría de reaccionar la mujer ante tal atrevimiento?

Después de un intercambio de sonrisas animosas, aquel individuo regresó a su asiento junto a otra chica (aparentemente su novia) y continuaron conversando como si nada hubiera ocurrido. Frente a ellos, la mujer continuaba llorando en silencio, sólo que ahora con una “tutsi pop” en la boca y en su rostro el esbozo de lo que bien pudo ser una sonrisa dentro de tanta tristeza y dolor.

Al llegar a la estación General Anaya, aquella mujer de ojos llorosos abandonó el convoy y se dirigió hacia algún lugar.

Aproximadamente las 20:55 horas del mismo viernes.

El acceso a la estación del metro Normal acababa de cerrar sus puertas cuando Claudia, una mujer de aproximadamente 35 años, desesperadamente se acercó para intentar abrirse paso entre la multitud, que al igual que ella, intentaba entrar. “Abre la puerta, déjanos entrar, ¿cómo quieres que nos vayamos a nuestras casas?”, reclamaba la gente a los encargados del tren subterráneo.

En ese momento la paciencia no era la mejor virtud de Claudia, pues al ver la negativa de los vigilantes, rápidamente empezó a voltear de un lado a otro queriendo encontrar algo entre gente, puestos de ropa y discos piratas, entre automóviles y patrullas. Al fin a unos cuantos pasos halló lo que buscaba y se dirigió a ese punto que le devolvió el aliento sólo por un instante.

De su bolso extrajo una tarjeta y la introdujo en la ranura de una caseta telefónica. “¡Contesta maldita sea!”, se dijo entre dientes mientras se imaginaba el peor de los finales, el más horroroso de los hallazgos. Una y otra vez sonó el tono del teléfono. “¡No tiene que ser así, maldita sea contéstame!” No terminó de pensar la frase cuando dio un brusco golpe al teléfono con la bocina para colgar.

No había tiempo que perder, así que Claudia pensó en la siguiente alternativa: “¡Corre a la siguiente estación!” No fue fácil hacerlo entre puestos y gente; en el Circuito Interior estuvo a punto de ser arrollada por nada, situación que no le ocupó en lo más mínimo, y más cuando al llegar a la siguiente estación, metro San Cosme, su suerte no cambió nada.

“¿Y ahora qué?, ¿corro toda la noche?” Nuevamente volvió a telefonear ya casi sin la esperanza de que alguien le contestase la llamada. Por fin cedió a la inevitable angustia y esta vez colgó la bocina lentamente, con resignación y con la sensación de que sus piernas cederían y la abandonarían. Sentía que el corazón pegaba tan fuerte en su pecho que en cualquier momento se le saldría. Sin embargo, Claudia encontró la fuerza necesaria para continuar su camino hacia algún lugar. Al pasar frente al metro Hidalgo se percató de que los accesos subterráneos estaban abiertos, así que sin pensarlo se introdujo para abordar el transporte público.

Mientras más pensaba en la situación, en el más horroroso de los hallazgos al llegar a casa, más se hundía en la sensación de desolación. El llanto era ya incontenible, por lo que sus compañeros de viaje no dejaban de observarla, algunos murmurando, otros ignorándola y otros tan sólo imaginando lo que podría haberle ocurrido.

Ya sin idea del tiempo que había transcurrido desde la última llamada, algo inesperado cortó de tajo con el aislamiento personal de Claudia trayéndola nuevamente a la nada menos cruel realidad. Eran las palabras de un verdadero extraño, joven y de cabello largo que se había sentado a su lado con la firme intención de decirle “no sabemos qué es lo que te suceda, pero no hay mal que por bien no venga”, al tiempo que acercaba su mano a la de Claudia para entregarle un objeto que, dadas las circunstancias, se antojaba como el artículo más extraño e inesperado que una mujer triste que muestra su sufrimiento abiertamente a los usuarios del transporte público podría recibir. Se trataba de una paleta de caramelo cuya misión era la de endulzar el amargo pesar de una mujer, aunque fuese sólo por unos minutos.

Claudia intentó sonreír por un momento, y aunque trató de ver los ojos de aquel quien tuvo la osadía de romper su trance de melancolía, simplemente no pudo, por lo que se limitó a desenvolver el caramelo e introducirlo a su boca.

Al llegar al metro General Anaya, ya cuando el vagón estaba vacío y cuando su héroe anónimo había salido al lado de su novia, Claudia decidió salir del metro e ir a cualquier otro lugar.

Sábado, aproximadamente las 8 horas.

Al día siguiente, cuando me dirigía a la línea 2 del metro, en un puesto de periódicos uno de los encabezados llamó mi atención. El periódico (de corte amarillista) informaba sobre un suicidio en las vías del metro ocurrido la noche anterior. La noticia hubiera sido como una más de no ser que inevitablemente me hizo recordar algo. Sacudí mi cabeza para alejar los malos pensamientos, seguí mi camino y olvidé lo sucedido antes de que otra cosa llegara a mi mente.

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