La guerra a través del prejuicio cinematográfico


Hace unas semanas asistí a la World Press Photo, que como cada año, se instala en el museo Franz Mayer, en el Centro Histórico de la ciudad. Se trata de una exposición fotográfica que reúne a lo mejor del fotoperiodismo mundial captado un año anterior a la publicación del certamen. Y aunque este concurso abre las puertas a diversos géneros periodísticos y fotográficos, continúan siendo los conflictos bélicos los que acaparan la atención del público, e inclusive del jurado mismo, pues ya es costumbre que la nombrada Fotografía del Año siempre está relacionada con la guerra y las tragedias que éstas ocasionan.Ante esta situación, inevitablemente me viene a la mente lo que el sociólogo Niklas Luhmann refiere con respecto a la pasividad de los espectadores ante determinadas situaciones: el “rol pasivo [del espectador] se constata en el hecho de quedar situado junto a miles de espectadores y, sólo excepcionalmente confirmará su propia individualidad”; es decir, ¿cuál es nuestro papel, como espectadores -en lo colectivo y lo individual-, ante la guerra mediada a través de la lente de los fotoperiodistas que recolectaron esas imágenes?

La mayor parte del trabajo de estos fotógrafos es documentar y dar cuenta de la existencia de situaciones que ignoramos en la cotidianidad de nuestras vidas, aunque finalmente, nuestro referente ante cuestiones como un conflicto bélico que ha tenido lugar al otro lado del mundo, continúan siendo experiencias mediadas que nos hacen adoptar una postura e idealizar nuestra propia concepción de guerra.

Por otra parte, no podemos poner en tela de juicio la veracidad y el objetivo informativo del trabajo periodístico profesional de estos fotógrafos, quienes han obtenido sus imágenes de lo que solemos llamar “realidad” y no de las escenas de un espectáculo de ciencia ficción como lo son los rodajes cinematográficos dedicados a reconstruir las historias detrás de los conflictos bélicos, por supuesto desde el muy particular punto de vista de los productores y directores, contando además de los elementos dramáticos que darán a los filmes historias con inicio, clímax y desenlace.

El mismo proceso mencionado anteriormente entre espectador-fotoperiodismo ocurre nuevamente en el mundo del espectáculo, sólo que ahora el espectador se encuentra ante uno de los medios de comunicación más influyentes en la sociedad desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX: la cinematografía.

“El medio de la ficción narrativa se escoge precisamente para individualizar la disposición de los motivos. Los individuos aparecen con su biografía, con sus problemas, sus mentiras, sus represiones, su inconsciencia. […] El medio de la ficcionalidad tiene la pretensión de volver concretos los motivos, aunque al mismo tiempo deja que el lector (o espectador) saque sus propias conclusiones o que se deje impresionar por las personas conocidas” (Luhmann).

Aunque la ficción narrativa se desprende de la literatura misma, la cual dio también vida al cine contemporáneo, es éste último el que tiene mayor impacto en las audiencias al conjuntar imagen y sonido. Por esta razón, el cine se ha convertido en uno de los principales difusores de la recreación y representación -la mayoría de las veces parcial- de los acontecimientos históricos, a través de los cuales nosotros espectadores construimos nuestra “realidad” y la de quienes nos rodean, a pesar de que estos se encuentren a miles de kilómetros de distancia y ni siquiera los conozcamos físicamente, mucho menos sus costumbres, hábitos y tradiciones.

Así es como el imaginario colectivo en torno a sucesos como la segunda guerra mundial, la guerra en Vietnam, la guerra fría, todas las batallas civiles en América y África, así como las movilizaciones armadas en el Golfo Pérsico y más recientemente, las invasiones estadounidenses a Afganistán e Irak, suelen partir, inevitablemente, desde un referente mediado por las empresas informativas, así como por las industrias culturales en donde destaca el cine, ya que en muchas ocasiones los acontecimientos bélicos son convertidos en materia prima del espectáculo televisivo y del entretenimiento masivo.

Con respecto al prejuicio, Luhmann dice lo siguiente: “El sistema de los medios de masas reproduce la construcción del mito «ser humano» a favor del hombre. Este ser humano está interesado en información. […] Este ser humano se encuentra permanentemente acechado por las tentaciones: debe, pues, ser informado sobre la conducta buena o mala.” De tal manera que los individuos encuentran en los medios de comunicación el ideal perfecto para adoptar las conductas morales, de normalidad y lo socialmente aceptable a través de los contenidos mediáticos, como el cine.

Desde esta perspectiva, la guerra -reconstruida a través del cine- representa un gran ejemplo entre lo bueno y lo malo, entre lo aberrante y lo humanamente inaceptable, aún sin importar el origen, las causas y las consecuencias; sin importar si, nosotros espectadores, conocemos frente a frente las atrocidades que un conflicto bélico puede traer consigo, pues al final, nuestro referente acerca de la guerra es un conocimiento transmitido por los medios de comunicación, dando así pie a al prejuicio acerca del mundo desconocido que nos rodea.

La visión “gringa” del Viet Cong

“Día a día lucho por mantener ya no sólo mi fuerza, sino también mi cordura… Ya no sé que es bueno y qué es malo”. (Diálogo incluido en la película Pelotón)

Son innumerables los filmes que la industria norteamericana ha realizado en torno a los conflictos bélicos ocurridos en el mundo (en muchos de los cuales siempre ha intervenido el gobierno estadounidense). Ejemplo de ello es la gama de títulos cinematográficos en torno a la invasión de Estados Unidos (EU) a Vietnam, entre los cuales destacan Cara de guerra (Stanley Kubrick), Pelotón (Oliver Stone), Nacido el 4 de julio (Oliver Stone), Apocalypse Now (Francis Ford Coppola), Pecados de guerra (Brian De Palma), entre otras, las cuales tienen una característica en común: intentan transmitir un ángulo autocrítico de la guerra de guerrillas de Vietnam, en donde EU juega un papel protagónico dentro y fuera de la ficción narrativa, pues aunque el sentido de la narración cinematográfica intente develar los crímenes de guerra y las injusticias cometidas por el ejercito norteamericano, finalmente estos filmes están construidos a través de una mirada estadounidense, por lo tanto sus personajes protagonistas -aquellos con quienes el público se identifica, pues entorno a estos gira la historia- son soldados norteamericanos que intentan sobrevivir a las fuerzas del Viet Cong, a la jungla y a las atrocidades que el mismo sistema estadounidense comete con su ejercito.

Sin embargo, en ningún caso las películas hollywoodenses pone a los vietnamitas como personajes (ni principales ni secundarios); tan sólo son el enemigo al que hay que exterminar o del que hay que huir; son un objeto en movimiento con camuflaje, armas y con un lenguaje extraño y ajeno. Al igual, nunca se habla de las causas que originaron el conflicto y los intereses políticos que perseguía EU en un país asiático en vías de desarrollo; tampoco se habla de comunismo ni de imperialismo capitalista. En términos generales, la supuesta “autocrítica” finalmente se hace en hechos aislados dentro de todo un conglomerado de situaciones reales, de lo cual sólo se toma una ínfima parte para ser reconstruida y posteriormente ser transmitida a los espectadores, quienes habrán de armar sus guiones mentales entorno a una serie de acontecimientos narrados desde una sola perspectiva: la del director, escritor y fotógrafo.

Al respecto Luhmann señala que los medios de comunicación aprovechan la reacción de las audiencias las cuales, a su vez, generarán una serie de comportamientos en torno a las problemáticas, lo cual se convertirá en lo que “los medios de masas seleccionarán para transformarlo en información” y así alimentar el ciclo nuevamente.

Lamentablemente somos una cultura que se alimenta principalmente de la información que los medios de comunicación transmiten día a día. Nuestra continua exposición a estos (televisión, radio, cine, prensa e internet) hace que nuestra percepción y construcción de la “realidad” esté enormemente influenciada por sus contenidos, lo cual continuará alimentando nuestros prejuicios sobre aquella realidad que nos es inalcanzable, ya sea por su ubicación geográfica, su situación política o simple y llanamente, debido a que hemos perdido el interés y la iniciativa de buscar otras posturas informativas que amplíen nuestro panorama conceptual con respecto a la “realidad”.

De continuar así, seguiremos dividiendo el mundo entre buenos y malos, entre lo moral y lo inmoral, entre comunistas y capitalistas, entre terroristas y seudo protectores de la paz mundial. Sin embargo, ante esta vorágine de información que viaja diariamente por el espacio podríamos perder la noción de lo “real” y terminar diciendo que “día a día lucho por mantener ya no sólo mi fuerza, sino también mi cordura… Ya no sé que es bueno y qué es malo”.

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